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domingo, 1 de abril de 2012

La guerra de Malvinas y la literatura- Por Carlos Godoy-revista Ñ

Por Carlos Godoy

El plan cultural de la democracia



La guerra y la literatura

Fogwill en la página 44 de los Pichiciegos: “Pasaban despacito los Harrier. Por el aire los iban persiguiendo inútiles manchones de la artillería antiaérea. De las alas les salían los cohetes como al tuntún, después viraban en cualquier sentido y parecían dudar moviendo la trompita hasta enfilar a su destino, la tierra, alguna parte de la tierra, parecía mentira.”

En el siglo XX la guerra marcó la organización del tiempo. La literatura existe para retratar los paradigmas sociales y por eso es que la producción literaria que llevó el ritmo del siglo pasado (y lo que va del actual) con un gran abanico de escritores que supieron leer de un modo eficiente la agenda que propusieron las décadas, es la norteamericana. Una sociedad profundamente belicosa involucrada en casi todos los conflictos armados. Los autores de la Lost generation como Hemingway, Fitzgerald, Faulkner, hasta incluso J.D. Salinger están atravesados por los periodos de entre guerras y el miedo como eje central de sus obras. Así también como Paula Fox retrata la guerra de Vietnam en su novela Desperate characters o el mismo Jonathan Franzen en su tan aclamada Freedom aborda la guerra santa y el periodo Bush. Dos de los críticos literarios más reconocidos: Harold Bloom en su libro Western Canon como George Steiner en Language and Silence dejan en claro, analizando la obra de estos autores una cuestión: la guerra es el pathos que construye una zona valiosa del acontecimiento literario.

La literatura argentina siempre buscó su guerra a partir de la cual leer sus mecanismos sociales y políticos y, este año, se cumple el treinta aniversario de la más cercana y a la vez más absurda. El sabor de la guerra para la historia reciente no es heroico, es ridículo. De esos dos factores -la cercanía temporal y el absurdo político- surge una tradición inaugurada, de forma inconciente, poco antes de que la guerra terminara cuando Rodolfo Fogwill escribió en seis días Los pichiciegos.



El mito de la propia guerra

Así es la historia. Fogwill vivía en el piso diez y su madre en el piso cinco del mismo edificio. Habitualmente bajaba al medio día y a la tarde para comer con ella. Su madre veía todo el tiempo lo que la televisión mostraba sobre el conflicto en las islas del atlántico sur. Una de esas tardes que llegó de visita lo recibió con la noticia de que la armada argentina había hundido un barco británico. Y entonces Fogwill, de regreso a su departamento, escribió en una novela que ya tenía empezada “Mamá hundió un barco” y en realidad, ahí empezó una nueva novela, la que lo convertiría en uno de los escritores argentinos más reconocidos de finales del siglo XX: Los pichiciegos. La novela circuló entre periodistas y escritores, argentinos y brasileros ya en su versión final, antes de que la guerra terminara. Después tuvo su primera edición en 1983 y ya lleva más de cinco en el país, sin contar reimpresiones.

La novela trata sobre unos soldados desertores que deciden mantenerse ocultos en las trincheras de las islas hasta que la guerra termine. Constituyen una organización de subsistencia. Se le reconocen varios méritos, entre ellos el de albergar el mito de la producción en seis días y de haberla escrito durante el suceso en cuestión: la guerra, sin contacto con los sobrevivientes, ni con las islas. Pero también soporta análisis más profundos que van por fuera de las condiciones de producción. Por ejemplo demostró que se puede escribir una novela realista a partir de la visión de los medios de comunicación y así comulgar un grotesco bélico. Varios de los personajes dan cuenta de las diferentes perspectivas de los sujetos políticos que vendrían en el futuro (incluyendo la figura de Menem). Dio cuenta del montaje político que fue la guerra, la improvisación, la precariedad, la falta de nación. Planteó una tesis de lectura social difícil de descartar a la hora de hablar de Malvinas que es la de “la guerra invisible”, el soldado que va a la guerra sin saber quién es el enemigo: uno mismo, los superiores, los ingleses, los gurkas contratados por los ingleses. Pero lo que se le reconoce en primer término es que se trata del relato mejor logrado sobre la guerra de Malvinas. La construcción realista y a la vez conmovedora de la trama, como se ve en el primer párrafo que abre esta nota, es lo que inaugura una tradición en la que muchos se aventuraron a aportar su matiz generacional o estético del asunto que llamamos Guerra de Malvinas.



La tradición de la guerra

Una tradición literaria responde a una estética o a un tópico que se pueda reconocer como presente en un determinado corpus. A continuación la selección de algunas producciones publicadas entre 1998 y este año que abordan el tópico Malvinas. Estas publicaciones participan de una tradición que tiene casi 30 años y que exige como tal un diálogo o una discusión con el libro y el autor fundacional: Los pichiciegos de Fogwill.

En 1998 aparece en la editorial Sigmur una edición pagada por su autor de la novela Las Islas de Carlos Gamerro, quizás la segunda gran novela en el podio de la novelística sobre Malvinas. Gamerro escribe la primera respuesta elaborada a Los pichiciegos ¿Cómo contestarle a una novela breve y realista? Con una novela extensa y de ciencia ficción. Ambientada en los noventa (precisamente en 1992, diez años exactos después de la guerra) Las Islas tiene un entramado de confusas peripecias que involucra hackers, la SIDE, el capitalismo financiero, flashbacks de la guerra de Malvinas, hipótesis para la recuperación de la islas (de acá sale el argumento para la película Fuckland, por ejemplo), espejismos. En todo caso la apuesta estética de Gamerro es proponer una nueva mirada distópica sobre la sociedad democratizada de la década menemista a partir del agujero histórico de Malvinas como punto de quiebre para el presente del texto.

En el año 2000 el poeta santafesino Edgardo Russo publicó en Adriana Hidalgo su primera novela bajo el título Guerra conyugal. En general el salto de la poesía a la narrativa en la producción de un autor suele manifestarse por la escasez de recursos narrativos y la implementación del pastiche como elemento determinante de la trama. Tal es el caso de Guerra conyugal, un libro que mezcla poemas, secuencias narrativas, cartas, testimonios, citas, relato autobiográfico; todo en el cuerpo de un libro de 200 páginas. Russo pareciera no haberse hecho la pregunta que se hizo Gamerro, más bien pareciera haber optado por hacer una bifurcación de la tradición escribiendo un texto autobiográfico que escenifica a la misma tradición. Edgardo Russo da cuenta de una realidad provinciana con respecto al acontecimiento que es la guerra recreando de forma irónica la situación de un escritor intentando escribir una novela sobre Malvinas. El problema es que plantea las mismas tesis ya planteadas por Fogwill en los Pichiciegos: el nombre Guerra conyugal habla del problema dialéctico y “carnal” entre la dictadura y la Guerra de Malvinas. Y de esta forma es absorbido por una tradición ya demarcada. De todos modos aborda dos elementos que serán retomados por el escritor rosarino Patricio Pron en una publicación siete años posterior que sí son una toma de posición con respecto al libro de Fogwill. Por un lado la aparición del intelectual, del escritor como voz crítica en la trama narrativa de la novela y por el otro la explotación de la ironía y el ridículo para abordar las zonas de la historia difíciles de asimilar y entender.

Patricio Pron en la contratapa de Una puta mierda (El cuenco del plata 2007) da una definición generacional de lo que significó la guerra de Malvinas para los escritores de su edad: “una victoria secreta porque trajo a nuestra vidas la mentira y la sospecha, que son las únicas herramientas de un escritor”. A partir de ésta la lectura del texto está condicionada por una idea, una forma de pensar la escritura que el autor devela. Una puta mierda, novela escrita curiosamente en español ibérico, es una gran mentira. Quiere ser mentira, quiere usar la mentira y el engaño como gesto estético y político con respecto a la naturaleza del evento, a la historia misma y a las formas de pensar la ficción. La novela transcurre en la guerra de trincheras donde unos soldados novatos que sólo conocen las versiones hollywoodenses del enfrentamiento armado ven la guerra como algo sumamente extraño y sospechoso. Una guerra “rara” en la que una bomba queda suspendida y nuca cae, el enemigo es invisible, las estrategias son inviables y lo que prima es la desinformación y los mal entendidos. El valor de la novela radica en el desarrollo del humor, la parodia y el absurdo como forma de irrumpir en la tradición bélica malvinense y como forma de contestarle al realismo fogwilleano. El recurso picaresco es bien utilizado así para ridiculizar y de este modo criticar a todos los participantes de la guerra: periodistas, soldados, jerarcas, políticos e incluso a la ciudadanía. Pron, en una suerte de continuación de la tangente que plantea Russo en cuanto al canon de novelas sobre Malvinas, recrea la novela paródica mejor escrita dentro de este tópico.

Siguiendo esta línea pero desde otra perspectiva Patricia Ratto publicó éste año, a treinta años de la guerra de Malvinas, su novela Trasfondo (Adriana Hidalgo) que se incluye perfectamente en este corpus inaugurado por Fogwill de novelas que tratan sobre el tema de Malvinas pero, a diferencia de los demás autores, Ratto, no pretende “contestarle”, si no todo lo contrario, dialogar e incluso citar, hacer intertexto. Trasfondo es un realismo lento y tenso que a diferencia de Una puta mierda sostiene el relato a partir de fechas históricas (el hundimiento del Belgrano, del Sheffield, fechas de zarpajes). Se trata de las aventuras de unos marinos en su submarino durante “treinta y nueve días de patrulla y ochocientas setenta y cuatro horas de inmersión” que están todo el tiempo al asecho de un enemigo invisible al que intentan atacar pero siempre fallan por los desperfectos de sus torpedos, comandos y controles; y viven ocultos bajo una tenue luz artificial como unos animales. Tradúzcase animales a pichiciegos y submarino a pichicera. La novela de Ratto aporta una nueva zona de descripción que es la guerra lejos de las trincheras, la guerra de la armada, de la marina; con un lenguaje técnico que por momentos suena convincente y por momentos mal usado, pero que, en todo caso, recrea la atmósfera realista apropiada.


La situación es la siguiente: en tanto se narre la guerra en tiempo real ya hay una versión que lo hace -Los pichiciegos- y entonces todas las versiones siguientes que se escriban sobre la guerra estarán citando, dialogando o luchando con esa primera versión. Ahora bien, hay dos excepciones. El libro de Federico Lorenz y el de Sebastián Basualdo logran saltar, con estrategias genéricas e históricas, el corralón fogwilleano porque lo que hacen es hablar del presente nacional con respecto a la guerra, no del evento guerra en sí mismo.


Lorenz en su libro Fantasmas de Malvinas (Eterna Cadencia 2011) hace un recorrido testimonial por las Islas Malvinas y un recorrido analítico por el pasado histórico y periodístico a través de las que fueron, según su hipótesis, las tres guerras: la el fuego cruzado de las islas, la de la espera de entrar a la batalla en la Patagonia y la de los medios porteños en Buenos Aires y el resto del país. Lorenz escribe un libro de crónicas, pasajes literarios y lúcidas reflexiones sobre la historia con una pregunta como eje para pensar las Islas Malvinas en el presente histórico argentino: ¿qué es una Nación?


El libro de Basualdo Cuando te vi caer (Bajo la luna 2008) es una novela familiar de iniciación que se estructura a partir de la mirada que tiene el protagonista sobre la pareja de su madre que, un ex combatiente de Malvinas. Así como Pron introduce en el tópico Malvinas la parodia, Gamerro la ciencia ficción, Basualdo introduce un nuevo elemento que no es retórico, sino más bien histórico: escribe la primera novela que indaga sobre la vida de los ex combatientes. Si bien la novela es un relato costumbrista ambientado en el barrio de Villa el Parque durante la década de los noventa, aborda una tesis que fue planteada en un verso del poeta Martín Gambarotta: “La guerra continúa en la cabeza del ex combatiente”. Y bajo el régimen de esa tesis analiza fundamentalmente los mecanismos sociales y estatales padecidos por los ex combatientes durante la consolidación de la democracia.


El canon sobre la novela bélica de Malvinas no está del todo definido. Probablemente cuente con dos libros -Los pichiciegos y Las Isla¬s-; todo lo demás es discutible. Cada nuevo autor que escriba sobre Malvinas propondrá una nueva lectura subjetiva y generacional que seguirá expandiendo las ramificaciones estéticas, políticas e históricas sobre un evento trágico y fallido que siempre hablará sobre los límites y alcances de la nación y, fundamentalmente, de la democracia y su plan.



(Revista Ñ 443)

jueves, 17 de febrero de 2011

MAÑANA SOLO HABRÁ PASADO (cuento incluído en Fiel)



MAÑANA SÓLO HABRÁ PASADO




     Abrió los ojos y lo vio: estaba parado a los pies de su cama, serio y acostumbrado al silencio como si hubiera pasado toda la noche cuidándolo.
  –¿Quién me lleva?–preguntó, y luego se agachó para intentar, sin éxito, atarse el cordón de la zapatilla izquierda–. Ana no llegó todavía.
     Marcos sonrió al verlo tan decidido y le dijo que, si quería, podía quedarse; pero el niño  hizo un gesto negativo con la cabeza. No insistió; acaso porque su hijo tenía el guardapolvo puesto y la mochila colgando sobre los hombros. Miró el reloj y le dijo  que lo esperara en el living. Debe estar por llegar, pensó Marcos; seguramente se atrasó el tren. Pero cuando salió del baño, comprendió que Ana María no vendría.  De modo que no le quedaría otro remedio que disponerse a un sobretodo encima del pijama,  un par de mocasines viejos y caminar en silencio, tomados de la mano.
     Antes de cruzar la última calle,  entraron en un kiosco de aspecto ruinoso, pequeño, algo oscuro más allá de ciertas reminiscencias de lo que fuera alguna vez un antiguo almacén de barrio y  que, lejos de entristecer a Marcos, le fascinaba,  no tanto por su aspecto y el viejito con cara de húngaro que lo atendía como por hecho de saberlo ajeno a esa hora de los requerimientos quejosos de las madres que cuelgan desmañadas de sus cochecitos de bebé. Y, por sobre todo, de los alumnos  que a último momento se acuerdan del mapa político, un punzón y un cartucho de tinta para su estilográfica de pluma torcida.
   –¿Querés un alfajor?–preguntó Marcos, y no tardó en verificar que la billetera  estuviera en el bolsillo interno de su sobretodo.
    La gran variedad de oportunidades lo mantenía embelesado y a la vez indeciso. Maravillado es la palabra; ya que, al tiempo que le soltaba lentamente la mano a su padre, la mirada recorría suavemente la caramelera, elevándose, incluso,  hasta más allá de lo que fueran los estantes con  paquetes de galletitas. Absolutamente todo lo que estaba al alcance de su vista parecía exigirle una duda y un deseo, la satisfacción  y la angustia de tener que elegir algo, llevarse una sola cosa, ni muy chiquita ni muy grande, y no encuentra el chupetín que trae el autito rojo; pero abandona la búsqueda pensando que su padre no se lo compraría y rápidamente se olvida de que no es su madre la que está detrás diciendo para compartir, Julián, para compartir con tus amiguitos, apurate, mi amor, que ya va a tocar el timbre, y entonces la bronca por no recordar el nombre de unas pastillitas que Gabriel, su compañero de banco, había llevado una vez a la escuela. La inquietud ahora dando lugar al temor de que su padre se impaciente y deje librado a su juicio lo que él guardará en el bolsillo de su guardapolvo hasta el primer recreo.
     Marcos se preguntó por qué nunca antes lo había llevado a la escuela. Lo contemplaba en silencio, dos pasos detrás, expectante y confiado como si en la elección del niño fuera a probarse algo a sí mismo. Por nada del mundo lo interrumpiría. De hecho, se molestó bastante cuando el quiosquero hizo aquel comentario sobre los chicos y el colegio.  No se lo reprochaba; prestarle atención a un comentario cualquiera, habría significado una traición hacia su hijo, o quizá a él mismo a través de su hijo.
  –Es así–fue lo primero que dijo el viejo, sin mirar ni al hijo ni al padre, y sin esperar tampoco iniciar una conversación–. Si los adultos quieren saber lo que significa el tiempo para los chicos, llévenlos a un kiosco y díganles que elijan lo que quieran.   
     Julián dio media vuelta, levantó la cabeza y sin ningún gesto aparente  miró rápidamente a su padre; una mirada armoniosa y directa, como quien busca una aprobación, un acuerdo tácito que bien podrá potenciarse con los años hasta convertirse en un lenguaje propio, acaso un modo de entendimiento que sólo los contemplara a ellos y resultara excluyente para el resto del mundo.
   Marcos recordaba la tarde en que su abuela lo llevó por primera vez a una juguetería. Lamento tanto que no la hayas conocido; te hubiera contado un montón de cosas de mí. Me hubiera contado un montón de cosas sobre mí que estoy olvidando.
  “¿Qué es este lugar?”, preguntó su abuela, al detenerse frente a una vidriera colmada de juguetes maravillosos
  “Una juguetería, abuela”.
  “Una juguetería, sí. Y decime: ¿sabés para quiénes son las jugueterías? ¿Y la farmacia que está allá enfrente? ¿Y ese negocio de zapatos?” 
  “No entiendo el juego, abuela”.
  “Porque no es un juego, m´hijo. ¿Sabés lo que vamos a hacer ahora? Vas a entrar vos solito a la juguetería, yo te voy a esperar donde está el mostrador, mirá, allá, ¿lo ves? Sí, ahí te voy a esperar hasta que vos elijas lo que quieras”.
 “¿Puedo elegir lo que yo quiera, abuela?”
 “Lo que vos quieras”, dijo mientras entraban a la juguetería. “Pero hay una sola condición: tiene que ser un juguete que puedas traerme sin ayuda de nadie”.  
     Marcos miró hacia ambos lados de la calle y luego hizo el gesto de meter las manos en los bolsillos del sobretodo. Una; una sola mano llegó a meterse del todo en el bolsillo derecho del sobretodo y de pronto soltó aquello como si le quemara.
   Se  preguntó por qué, a una cuadra del colegio, aún no había visto pasar un solo chico con guardapolvo blanco.
 –Mamá dice que los alfajores no se pueden compartir.   
–Pero no estás ahora con mamá.¿no es cierto?–dijo Marcos, y su hijo lo miró sin que llegara a percibir de qué modo.
   –No.
  –¿Entonces?
  –No quiero nada–dijo Julián.
 –¿Seguro?
 –Sí.
   Salieron del kiosco, tomados de la mano. No habían llegado a la esquina  cuando se dio cuenta de que su hijo estaba llorando.    
   –¿Qué pasa?
    Julián se agachó hasta la altura de su hijo y lo abrazó con fuerza.  Rápidamente acomodó el peso en una de sus piernas, y,  cubriéndolo con todo el cuerpo como si lo importante fuera que nadie lo viera llorar, dijo en tono de complicidad:
     –Mirá si te ve una de las chicas de tu grado.
     –No me importa.
     –Entonces no te va a importar lo que te voy a decir, ¿sabés quien viene moviendo las trenzas de un lado hacia otro?
 Julián sonrió, intentó mirar pero enseguida se escondió entre el hombro y el brazo de su padre
     –Julieta está viniendo hacia nosotros, tu compañera.
     –Mentís–dijo Julián, y enseguida se acomodó para mirar a su padre. Ya no lloraba–¿Quién es Julieta?
     –¿No tenés una amiguita que se llama Julieta?
     –¿Cuándo viene mamá?
     –Pronto.
     –¿Se lo diste?
     –¿Qué cosa?
     –El dibujo del avión, ¿se lo diste?
     –Por supuesto, hijo.

 

lunes, 18 de octubre de 2010

Tiro al segno (cuento incluído en Fiel)

-Nos quedamos acá -dijo, observando el campo abierto que parecía desnudarse frente a ellos-. Nunca tiramos de este lado, ¿no es cierto? Dejá tus cosas cerca del bolso -agregó, mientras desenfundaba el máuser.
Dejar sus cosas, sí; pero ¿cuáles? Las que trabajosamente había traído no podían apoyarse en ninguna parte. Nunca pensó que sería el polígono de tiro el lugar que elegiría para encontrarse con él. Y ahora estaba viendo el máuser ya sostenido por el esqueleto de hierro y a su padre simulando una postura detrás del gatillo: su mano pesada y ancha resolviendo entre poses la graduación final de la mira telescópica.
Si supieras cómo te veía años atrás, Francisco. Ahora ya no le impresiona el modo en que fumás el cigarrillo, ni tu mano pesada sobre su hombro, ni mucho menos el tono de tu voz imponiéndose con elegancia sobre lo más templado de una garita de seguridad; porque esta vez no habrá ninguna mano pesada y ancha sobre su hombro ni creo que te hayan recordado los empleados del club. ¿Recordarás cómo te saludaban?
"Buenos días, señor".
Y entonces él, Francisco Martoy, desplegaba una sonrisa desde lo más alto con un ademán y un guiño de ojo que siempre lograba tranquilizarlo. Después decía:
"Vine con mi pibe".
Y su mano se hundía en el bolsillo del jean: primero le dabas el dinero para que él mismo pagara su entrada y después querías que fuera a comprarse una coca-cola. Ya no podés decir:
"Con el vuelto comprate una coca-cola, Lautaro".
Creció, descubrió tu secreto: el gran emperador tenía teorías livianas como un billete: los pibes no duran más de cinco minutos motivados por una idea. Todos los sábados de aquellos últimos dos meses fueron así. Lo que necesitabas, lo que vos realmente necesitabas, Francisco... En todo caso, no era tener unas horas sin molestias, sin pedidos recurrentes de un chico que se hastía rápido. Como una mujer, sí; las mujeres también se cansan.
-Andá -dijo, encendiendo un cigarrillo-, fijate si vas a poder tirar cómodo.
-Está bien -dijo, sin moverse.
Lo miró a los ojos; por primera vez desde que se habían encontrado lo miró a los ojos y después (uno de los dos tuvo que desviar la mirada, quizá fuiste vos), ya sentado a una pequeña mesita de madera, abrió el bolso, quitó el termo, el mate y un paquete de yerba. Cargó el mate con agua y, acercándose, dijo:
-Antes de irnos, te voy a dar mi número de teléfono.
Le ofreció un mate, pero Lautaro lo rechazó; tomarlo significaba acceder a una comunión a la que no estaba dispuesto a entregarse. Significa olvidar el motivo por el cual él había aceptado verlo otra vez. Y se lo dijo:
-Mamá decía que yo era el hombre de la casa.
Francisco tomó el mate de una chupada, lo dejó sobre la mesa y caminó hacia el máuser (el zapato izquierdo aplastó el cigarrillo contra el piso). Adoptó la postura con naturalidad; el dedo rozó toda la curvatura del gatillo. El dedo inquieto esperó una orden. Si estaba nervioso era sólo por falta de práctica. El disparo arrancó de raíz el silencio y se lo llevó lejos, hacia el otro lado del campo.
Al blanco.
-¡Centro! -gritó.
-Vos sabías.
-Tirá, Lautaro.
-No quiero.
-¡Tirá!
Lentamente apoyó el dedo. Lautaro sintió el frío del gatillo. Siempre decía que no se debe respirar.
Disparó.
-¿Qué te pasa? -dijo, parándose detrás de su hijo -Levantá más el hombro. Tranquilo. Retené el aire cuando vas a disparar. Concentrate. Pensá en alguien que odies, pero sin respirar, la clave es no respirar.
-Decía que se sentía más tranquila desde que vos no estabas en casa.
-Tira otra vez, y acordate de lo que te dije.
Disparó: muy lejos del centro.
Con un gesto brutal, Francisco le dio a entender que ahora era su turno.
-¿Por qué te fuiste?
-No- dijo, incorporándose-. Vos me querés preguntar otra cosa. Querés saber por qué no me fui antes.
A veces, Lautaro pensaba en eso que dijiste un día. Era sábado. Estaban en la cocina; le habías pedido, en el tono imperativo que te caracteriza, que prepara el equipo del mate para ir al polígono. Mientras tanto, vos planchabas una camisa, una camisa a cuadros, gris, y llorabas. Esa mañana llorabas, Francisco, mientras planchabas en la cocina.
-Un día te vi llorar.
-Ahora no quiero hablar de eso, Lautaro.
-Pero yo sí.
-No tiene ningún sentido.
-Ya no soy un...
Y comprendió que aquel cuerpo inmenso ya no repararía en la pose, ni en la técnica. El dedo buscó el gatillo rápidamente; absolviéndose de todo preparativo, buscó el filo del gatillo como si no lo pensara y disparó.
-Cuando una mujer que al entrar a su casa lo primero que hace es recordarte que tiene pie plano, te lo está diciendo todo.
-No entiendo.
-Tirás vos ahora, dale.
-No entiendo, ¿qué querés decir? Que mamá...
-Nada. Tirá, Lautaro.
-Explicame. No entendí lo que quisiste decir.
-Tirá, por favor.
-No entiendo.
-¿Qué carajo querés entender? ¿Sabés por qué veníamos todo los sábados? ¿Querés saber por qué cuando llegaba el sábado yo te decía: "Prepará las cosas del mate que nos vamos al polígono? Lautaro, hijo, así yo me quejara, ella siempre decía lo mismo: "Los sábados son para mí". Después de oír esa frase ridícula tenía que soportar ver cómo se maquillaba para la gran fiesta. ¿Qué fiesta podía haber un sábado a las diez de la mañana? Puta es la palabra. Dale, tirá.

No habrá concentración, no se verá nada. El blanco, a medida que pasen los segundos, se alejará más. Como la razón de estar ahí, imprimiendo una escena en el tiempo. Ya no habrá blanco, Francisco, y el cuerpo de Lautaro no querrá permanecer quieto, no querrá dejar de respirar.
Disparó.
El disparo levantó pasto.
Lautaro soltó el máuser. Francisco dijo:
-Cometiste una estupidez. Tirá otra vez.
-No.
-¡Tirá otra vez, carajo!
Y el dedo cayó sobre el gatillo como cae una última oportunidad, como se precipitaría el silencio sobre su mirada expectante y terca. Mentirosa. No respiró, Laurato esa vez no respiró; pero el disparo salió tan desordenado y brusco que terminó lastimándole el hombro. A los lejos, como un matiz de desobediencia, el viento comenzó a arrastrar de un lado a otro los restos de un pasto quemado ya muerto sobre la tierra.