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sábado, 2 de julio de 2011

Rilke

¿Cuál es tu experiencia, la más dolorosa de todas?
Si beber te resulta amargo, conviertete en vino.



DAMA ANTE EL ESPEJO

Como en un narcótico la droga,
lenta, disuelve ella en el espejo
su figura cansina, clara y fluida
y derrama toda su sonrisa

Y aguarda a que el líquido aparezca;
sumerge entonces su cabellera
en el espejo, y los maravillosos
hombros brotan del vestido

bebiendo muda la imagen suya
Bebe cual amante en la embriaguez,
desconfiada, saboreando, y llama

a la doncella sólo cuando
del espejo en el fondo encuentra los muebles
y las vaciliantes luces de una hora tardía.



RECUERDO


Tú aguardas y aguardas este único instante
multiplicando infinitamente tu vida;
esta hora inmensa y profética
en que despiertan las piedras
de las profundidades en que están hundidas.

El dorado y el marrón de los libros se destacan
poco a poco en la penumbra de los anaqueles
tú evocas los paises recorridos
los cuadros y los trajes
y las mujeres que hace tiempo se han perdido.

Y de pronto lo recuerdas: sí, fue aquella
Te yergues, y ante ti se levantan
prodecedentes de lejanos días
el miedo, la imagen y la plegaria.


NO ESTOY SOLO....

No estoy solo jamás
Muchos de los que vivieron antes que yo
y de mi huyeron
tejieron
tejieron
lo que soy.

Y si me siento a tu lado
y dulcemente te digo: he sufrido
¿me oyes?
Quén sabe quién
lo murmurará conmigo



Epitafio

Rosa, !oh pura contradicción, voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados!

Debate-Libros. Oliverio Coelho

LIBROS
Lo primero y lo último, es la familia
La última novela de Oliverio Coelho explora los lazos familiares incluso en aquellos casos en los que ni se puede hablar de familia
Por Sebastián Basualdo

Iván tiene veinte años, vive con su abuela y sólo le importa una cosa: encontrar a un hombre que no conoce y es apenas un nombre, poco más que una sombra corriendo durante años entre los pasillos del silencio. Silvio Lobo se llama; sabe eso de su padre. Y es casi todo. El resto surge de Un hombre llamado Lobo, la última novela de Oliverio Coelho, que narra la historia de alguien a quien la vida parece darle la espalda constantemente y sin embargo lo empuja, lo obliga a continuar haciendo eso que la gente llama vivir hasta que lo alcance la fatalidad como único encuentro posible. “Tanta piedad con un tipo del que nadie sabe nada, ni de dónde viene. Anduvo en algo raro, nadie se entierra en un pueblo como San Manuel para vivir mejor. Mi marido, que en paz descanse, siempre decía que Lobo tenía en la cara el miedo de alguien que hizo algo terrible”. Somos como los demás nos ven, de acuerdo. Ahora ya podemos decirlo: no es la búsqueda del padre el tema central de Un hombre llamado Lobo, sino la pérdida de una familia y lo que un hombre es capaz de hacer para recuperarla. “Le asqueó pensar que durante casi dos años había compartido sus noches con una desconocida, una mujer que quizá se hubiera mantenido a su lado para olvidar, para ser otra, hasta que algo interrumpió el simulacro y desnudó una identidad hasta ese momento congelada y excluida por la maternidad”. Inteligentemente estructurada y con una notable capacidad para tomar distancia de sus personajes mediante una prosa limpia de falsos efectismos, Oliverio Coelho logra por momentos generar un clima denso y oscuro para luego ir rápidamente hacia la indulgencia con un Silvio Lobo desesperado por encontrar a la mujer que lo abandonó sin ningún motivo aparente. “La humillación, la risa del comisario y su consejo de que éstas son cosas de detectives privados, no es asunto nuestro, lo hicieron sentir peor que un cornudo. Entendió que el abandono era mucho más abstracto que el fracaso sentimental, la soledad o el crimen: estaba más allá de la ley”. A partir de entonces, Silvio Lobo contratará los servicios de un controvertido detective privado para ir en busca de su mujer y su hijo que, más que ocultos, parecen agazapados en una trama de secretos y mentiras. Autor entre otras obras de Tierra de vigilia (2000) y Promesas naturales (2006), Oliverio Coelho ha escrito una novela realista de profunda intensidad, conmovedora y descarnada, al mismo tiempo, para darle otra dimensión al arduo oficio de vivir.

domingo, 19 de junio de 2011

Entrevista al escritor Abelardo Castillo para la revista Debate- sobre Viñas, Malvinas y otras cosas


Por Sebastián Basualdo



El aniversario de la dictadura, el de la Guerra de Malvinas, la despedida a David Viñas, la apertura de la Feria del Libro con Vargas Llosa, son fechas y acontecimientos que, leídos en clave por Abelardo Castillo, cobran otra hondura y más polémica

Eran las siete de la tarde de un jueves cuando Abelardo Castillo recibía a Debate en su casa en el barrio de Balvanera. No un jueves común y corriente: 35 años del golpe cívico-miliar del 24 de marzo de 1976. Y como si de verdad a la realidad le gustara las simetrías y los anacronismos, minutos antes de comenzar con la entrevista, su mujer, la escritora Sylvia Iparraguirre, nos convida con un café mientras nos comenta que apenas hace unas horas que regresaron de San Pedro, como aquel día.

¿Qué recuerdos conserva de esa fecha, Castillo?

Igual que hoy, acabábamos de llegar a Buenos Aires. Sylvia y yo veníamos de San Pedro, donde nos habíamos casado. Nuestro casamiento duró tres días. Empezamos la fiesta el 20 y al final terminamos casándonos el 22 porque era el primer día hábil y recién entonces se podía firmar el libro del Registro Civil. Apenas llegamos, recibí una llamada de Radio Municipal: me informaban que se prohibía el programa “Otras aguafuertes porteñas” que teníamos desde hacía unos meses. Me lo prohibieron tres veces el mismo día. De modo que más bien rápidamente tomé conciencia de lo que estaba sucediendo, cosa, por otra parte, que todo el mundo preveía desde hacía meses. Recuerdo que se comentaba que “afortunadamente” (por favor, apreciá en sus debidas dimensiones el adverbio) había tomado el gobierno la parte menos violenta y más civilizada, por decirlo así, de los militares, porque el otro sector, el grupo duro, tenía una lista de 60.000 personas para eliminar y, según sus criterios bárbaros, llegar en paz al año 2000.

¿Esto explica en parte cierta connivencia y hasta cierto apoyo de mucha gente?

Cuando el golpe de Videla, hubo algunos sectores políticos e intelectuales que no estaban tan alarmados como ellos mismos nos dicen hoy. Conozco a muchos que no estaban nada alarmados y que hoy son héroes o profetas a destiempo.

Curioso, ¿no?

Bueno, es una característica bastante nacional. De todos modos, hay que situarse en esos días y entender también lo que eran las Tres A, lo que eran las muertes en las calles, Ortega Peña, por ejemplo, el asesinato del Padre Mujica, y hasta el de Rucci. Además no hay que olvidar que fue Isabel Perón quien puso en marcha el aparato de represión con un decreto del Poder Ejecutivo. En el 75 ya estábamos viviendo bajo un régimen de violencia muy grande. Lo que vino después no fue más que el corolario de una historia nefasta que conocemos todos y la sorpresa formidable de que el Terror de Estado pudiera instalarse entre nosotros de verdad, con una ferocidad, con un cinismo, como sólo había ocurrido muchos años antes en Europa.

¿Por qué cree usted que semejante atrocidad no pudo ser prevista por el común de la gente ni por gente supuestamente informada?

Los argentinos nos creíamos al margen de todo eso, creíamos que nuestras dictaduras militares eran desdichas relativas, momentos para acceder luego a órdenes más o menos democráticos. Hasta que vino una dictadura militar en serio, de caracteres fascistas o nazis, con desaparecidos y torturados y con el número de muertos que hoy todos conocemos. Cosa que tampoco se creía del todo. Hay algunos que lo ignoraban de buena fe; otros que se hacían los distraídos. Yo he hablado incluso con gente que venía a verme de Amnesty o de grupos de Derechos Humanos y casi nadie creía que el número de víctimas fuera tan grande. Era como si el argentino no pudiera concebir que eso le ocurriera a él. Del mismo modo que unos pocos años después no se podía concebir que fuéramos a tener una guerra con Gran Bretaña. Hay que haber vivido bien esos días para recordarlo.

¿Qué imagen recordaría si quisiera pintar un panorama para quienes no lo vivieron?
Multitudes de argentinos yendo a la Plaza de Mayo a clamar por la guerra. Chicos de quince o veinte años que se ofrecían a ir de voluntarios. Con Sylvia permanentemente repetimos una anécdota que ya no sabemos si es trágica o cómica: lo oímos por radio, un taller mecánico que ofrecía masilla de auto, me parece que eran unos 5.000 kilos, para arreglar las averías producidas en nuestros tanques o blindados en las islas. Masilla de auto, eso ofrecían. Chicos que querían ir de kamikazes, como si volar un avión fuera tan sencillo, y cientos de miles de personas, tantas como las que fueron a vivar al Papa, clamando en Plaza de Mayo por la guerra contra Gran Bretaña. Se decían cosas tan estúpidas en esa época, como que los ingleses se iban a morir de frío acá. Nosotros estábamos peleando con soldados correntinos, es decir, muchachos que pertenecen prácticamente al trópico. Los ingleses han vivido navegando el Mar del Norte y casi pegados al Polo, pero acá no iban a soportar el frío… Mirá, yo tengo ese sillón que ves ahí, es de fines del siglo XIX , pertenecía al abuelo de un amigo que me lo regaló, un inglés que trajo los ferrocarriles a la Argentina. Ese sillón ha sobrellevado varias generaciones de niños, perros, caídas de cielorrasos, etcétera. A amigos míos de la época se los mostraba, les decía ¿ven este sillón?, en casi cien años no se le ha movido ningún tornillo. Esos tornillos -porque tiene varias posiciones y un aparato para leer- son los mismos tornillos originales con que lo atornillaron en Inglaterra. Esto lo fabricaban los ingleses en el siglo XIX; ahora imaginen más o menos lo que debe ser un avión o una corbeta hechos en el siglo XX. Me decían que los ingleses no iban a llegar a las islas. Por favor, los ingleses pasaban por las Malvinas y daban la vuelta al mundo para colonizar a la India cuando no existía el Canal de Suez, ¿por qué no van a llegar hasta las Malvinas? Que se iban a morir de frío, que no iban a querer pelear, que estaban muy lejos, como si la palabra lejos existiera para un inglés. Yo volvía a explicarles que las Malvinas eran la mitad del camino que hacían los ingleses cuando visitaban la India, y que en esa misma época ellos hacían estos sillones a los que no se les mueve un tornillo, que imaginaran lo que debían ser las fragatas, los torpederos, los misiles. Había no sólo la idea de que era posible pelearlos a los ingleses, sino que íbamos a ganar la guerra. Y si decías “miren, la verdad es que si esto es una guerra, está perdida antes de empezar” eras un derrotista o un miserable apátrida. Eso, toda esa demencia fue también la dictadura. El hecho concreto es que el 24 de marzo se conmemora el nacimiento de una época muy infausta en nuestro país. Es una lástima que se lo confunda con los feriados festivos. Feriado, para nosotros, es fiesta. Hoy, cuando venía de San Pedro, veía las columnas interminables de automóviles yendo a Rosario, a Córdoba, me imagino lo que sería la ruta 2 con los que iban a Mar del Plata. Gente que en este momento no está recordando en absoluto nada. Están jugando en el casino y felicitándose de que la fiesta dure un día más.

Hablando de dictadura y memoria, me gustaría evocar la figura de David Viñas, ¿qué relación tuvieron ustedes?
Siempre tuve una relación muy áspera y te diría que antagónica. Curiosamente, Viñas pertenece a una generación que era muy gorila. Yo nunca fui peronista pero siempre creí que ser antiperonista era un error político. Viñas era un poco mayor que yo y pertenecía a la generación de Contorno, de los estudiantes que hicieron la Universidad bajo Perón. Entonces eran naturalmente antiperonistas; antiperonistas, te diría, bastante agudos. Cuando yo empecé a escribir, Viñas ya era Viñas, me llevaba siete años; vale decir que cuando yo tenía 24, él había ya publicado Los dueños de la Tierra, había sacado Contorno y ya era un crítico conocido. Discutíamos mucho. Una vez le pedimos una colaboración para nuestra revista y él dijo que le parecía absurdo el dibujo de “El grillo de papel”. “¿Qué significa este grillito a lo Walt Disney?”, preguntaba, con ese modo estentóreo y solemne que tenía David. Recuerdo haberle dicho que no me juzgara la revista por la tapa o por la parte de afuera, que tratara de leer lo que traía adentro. Desde ese día en que nos conocimos hasta el día en que se murió mantuvimos una relación de discusión secreta. Yo lo respetaba mucho y creo que él también a mí, porque sé que una vez dijo, con ese modo ecuánime que tenía de vociferar: “Al primero que venga a decir que yo tengo una polémica con Castillo, lo voy a dar una trompada”. Pero siempre que podía decía algo en contra de El grillo de papel o de El Escarabajo de Oro. Él nos llamaba “La Generación Peterpánica”, porque decía que jugábamos a ser jóvenes. Y realmente jugábamos a ser jóvenes. Y lo éramos. Como todos los jóvenes, nos jactábamos de nuestra juventud, y eso lo ponía muy nervioso.

¿Un rasgo de Viñas?

Viñas era un cabeza dura. Una vez que se le metía una idea en su cabeza de buey, le resultaba muy cómodo mantenerla hasta la muerte, y eso es lo que hizo. Lo que para algunos está muy bien, y para mí también está muy bien. Aunque a veces sospecho que si a los setenta años seguís pensando igual que a los treinta, tal vez has perdido 40 años. Porque evidentemente, en el medio de esos años que pasaron tendría que haberse producido alguna modificación, ¿no? No digo que hay que invertir las posturas ideológicas o filosóficas tipo Vargas Llosa: empezar queriendo pensar como Sartre y terminar, ya lo he dicho en otra parte, pensando como Shirley Temple.

Usted hace muchos años que tiene una idea formada de Vargas Llosa.
Le he dedicado varias páginas criticando el Manual del perfecto idiota latinoamericano, que él prologa y celebra. Pero empieza mucho antes. Desde La ciudad y los perros. Nosotros criticamos esa novela en El Escarabajo de Oro. Ya en esa época yo no estaba muy de acuerdo con ciertas posiciones políticas de Vargas Llosa, aunque él se decía de izquierda e incluso muy cerca del Partido Comunista (cosa dramática en Latinoamérica haber empezado cerca del Partido Comunista, porque después cuando pegan la vuelta se hacen tan anticomunistas que son insoportables). Hoy, la mayor influencia de su pensamiento es sin duda Isaiah Berlin, con la diferencia que Isaiah Berlin fue un pensador muy serio, un humanista, y además, aunque fuera conservador y el ideólogo del liberalismo inglés, resulta siempre más progresista que Vargas Llosa. De todos modos, creo que es muy merecido su Premio Nobel, ¿por qué no le van a dar el Premio Nobel a Vargas Llosa? Se lo han dado a Echegaray, se lo han dado a Darío Fo, se lo han dado a Churchill. Vargas Llosa lo merece más que cualquiera de ellos.

Estoy pensando en una escena, me estoy imaginando a Vargas Llosa presentando la Feria del Libro y teniendo en la segunda fila la mirada de Pablo Neruda.
Ya que estamos inventando imposibilidades, me gustaría ver a Vargas Llosa en la Feria del Libro y teniendo en primera fila a Sartre, con el que Vargas Llosa aprendió a pensar. O frente a verdaderos intelectuales indomables y críticos, y al mismo tiempo ambiguos y dignos de polemizar, como Camus, que era un hombre que muchas veces conseguía sacarte de tus casillas con sus opiniones pero cuya integridad moral era formidable. Como sea, insisto, Vargas Llosa es uno de los mejores escritores latinoamericanos. Ni siquiera me parece mal que venga a inaugurar la Feria del Libro. Lo que está mal es que se haya hecho una apertura especial de la Feria, al día siguiente, sólo para que Vargas Llosa tenga su reunión con no sé qué intelectuales y políticos de derecha dispuestos a salvar a América Latina de las acechanzas del Mal. Pero debo confesarte algo.

¿Qué me quiere confesar, Castillo?
Que ni la Feria del Libro ni Vargas Llosa me importan tanto como para seguir hablando de esto.

LA EDITORIAL SEIX BARRAL acaba de reeditar El otro Judas a 50 años de su lanzamiento en 1961

lunes, 30 de mayo de 2011

Fiel, de Sebastián Basualdo. Por Fernanda García Curten


El silencio, de raíz
Por Fernanda García Curten


Sebastián Basualdo
“Fiel” (relatos)
Bajo la luna
2010


Muchos años después de la publicación de “El Sonido y la Furia”, William Faulkner confesaba no poder dejar a un lado esa historia; a pesar de las sucesivas escrituras que componen la novela siempre la sintió incompleta, y habría querido volver a escribirla si eso significaba sacarla por fin de su cabeza. En un sentido no tan distinto, ni tampoco tan lejos, Antonio Di Benedetto decía que con cada nueva obra un escritor no hace más que intentar un mismo libro –ese libro único, ineludible, quizá inabarcable- cuya legitimidad se reconoce, sin duda, en las páginas de “Fiel”.
Reescribir que no es repetir sino escribir de nuevo.
Puede llamarse Lautaro o Julián, Marcos o Francisco, puede ser alguien del que sólo nos llega su contemplación desolada de las cosas, un adolescente despavorido en un cuarto abarrotado de silencio, incluso una mujer “amenazada por la luz”. Los protagonistas son varios, es cierto, pero al igual que en “Cuando te vi caer” (Bajo la Luna, 2008) este viejo-joven-protagonista, presente de un modo u otro en los relatos de “Fiel”, bien podría ser uno solo: el protagonistís o primer luchador de los antiguos griegos en la dimensión existencial de una Buenos Aires inevitable; el jugador al que le sale, una y otra vez, la misma carta. El niño forzado a ser “un hombrecito” mediante una complicidad aprendida, implicado en la ignorancia, envuelto en un saber incómodo que apremia y puede arrastrar a la muerte o a la adultez. Un padre acorralado puesto a jugar en esa deriva cotidiana de niños y hombres solos donde la figura femenina es ausencia pero, sobre todo, abandono. La mujer ausente pero que en cada vestigio –una taza sin enjuagar, ropa tirada, un teléfono que no suena- es activa en su ausencia. Y el hombre debe hacerse solo, rehacerse solo, y no desertar de sí mismo porque el daño nunca se detiene y socava. El hombre se reinaugura en su agonía.
Para el primer luchador/jugador de los relatos de “Fiel” las cartas están echadas desde siempre y a cada momento; ya todo sucedió y nada deja de suceder. Su mirada es parcial, unilateral, violenta: la de un chico traicionado o un hombre humillado. Sebastián Basualdo logra instalar al lector en este mundo masculino alumbrado inexorablemente por mujeres donde, como bien señala Elsa Drucaroff, la violencia de género se sufre desde la condición de varón. La mujer maltrata, ofende, niega mientras sonríe, no aparece o lo hace de espaldas, vistiéndose, brutal e invulnerable, perfectamente ajena ya, como una madonna aureolada de bolsos, valijas y cajas de mudanza; lista a irse para siempre -o peor aún, por unas horas- hacia un tiempo y espacio vedado a estos hombres niños, un lugar establecido en la clandestinidad, maquillándose asquerosamente, adonde lleva una cartera demasiado pequeña para una madre.
No importan, en esta historia, las razones de las mujeres. No es asunto de este libro abrir esa puerta condenada. En el mundo de los personajes de Basualdo esa mujer que engaña o abandona no tiene perdón y a la vez es inmune -o impune-; una especie de hada maligna que desde la mirada del hijo o el marido se sustrae del hogar y se mueve más allá –con una vida paralela, un pasado secreto o un futuro posible- por fuera de la historia, pero que actúa más acá como el efecto secundario de un remedio o el residuo de un veneno olvidado.
Una vez más, desde una prosa necesaria, limpia, sin fuegos artificiales y con genuino espesor literario, el autor deja ver pequeñas escenas infernales de la vida familiar -entendiendo lo infernal como aquello que puede alojarse en una situación a priori inofensiva- a través de relatos abiertos de una claustrofobia perfecta. Momentos críticos, puertas que se cierran y se abren al comienzo o final de cada escena cuya entrada o salida deja al protagonista, esté donde esté, invariablemente adentro.
El escenario del hogar es incierto y peligroso. A la luz del día, aquellos objetos no elegidos o abandonados quedan a la vista con la inerme pasividad de una pava que se ha enfriado hace horas o el impudor de una cama sin tender en un cuarto que ya invaden los ruidos de la ciudad y de la vida que pasa en otra parte. Las señales de lo cotidiano delatan lo que se silencia. En soledad, las formas habituales cobran doble filo, asestan reveses. Una foto intrusa en el cajón de la ropa íntima, un corpiño colgando de una silla o la marcha trunca de un zapato parecen defender la confusa intención de su dueña ausente o ser la prueba de una dejadez cometida. Los personajes que sí están no pueden construir más que miedo con ese inventario de materia dolorosa. En cambio, la obsesión es cimiento, piso, paredes, techo, mesa.
“Hay cosas que uno hace por amor”, exige el personaje de Lautaro. O por desesperación, quién sabe. Pero estos hombres las hacen. No sostienen: aguantan. Fluctuando en esa geografía doméstica, náufragos entre restos de una catástrofe inadvertida hacen, tienden, recomponen, acompañan. Con casi nada, abren un vital pedazo de cielo. Cuidan a esos niños que también son cómplices y saben, y que a su vez cuidan a los hombres que no pueden dejar de saber. Con los dientes ya desafilados bajo el bozal montan una bicicleta que pedalea en falso. Apuntan certeramente aunque deciden desviar el tiro. Reconstruyen su castillo de naipes (la única misión posible) porque no hay más material que este para levantar el mundo, y cada naipe pesa lo que una piedra.
Rulfo, ese hacedor de silencios, dijo alguna vez que el escritor no desea comunicarse sino que quiere explicarse a sí mismo. En la oportuna brevedad y en el recorte deliberado que hacen estos relatos se advierte una firme paradoja: la voluntad de silencio, de contar “hasta ahí” escribiendo con las palabras omitidas pero con un lenguaje presente en la obsesión de volver, siempre, sobre eso. Sin perder su autonomía, las escenas no se cierran en sí mismas sino más allá. O quizá no se trata de cerrar si no de reabrir una y otra vez. Porque con cada palabra el autor construye empecinadamente su texto –dicho en singular, como totalidad, en su acepción de tejido- con los puntos sueltos y los agujeros de la historia. Con crudeza, sin regodeo y bajo un dolor auténtico “Fiel” consigue el tono de una radio que alguien escucha bajita a la mañana o de quien habla solo mientras se afeita. Apunta allí y dispara a otro lado, hacia adentro. Como ese disparo de máuser que “arranca de raíz el silencio y se lo lleva lejos, hacia el otro lado del campo”, cada relato se planta con voz única y delimita, callando a gritos, la frontera de aquel vacío ensordecedor.
La aparición de este nuevo libro de Sebastián Basualdo atestigua un territorio conformado, con lo escrito y lo no escrito, por la potencia narrativa de ese libro que nunca termina. De igual modo que ante una fotografía familiar cortada con tijera se puede comprender la forma invisible del pedazo faltante -no así recobrar la imagen de ese abismo- el lector queda atravesado, incompleto, con la sensación de estar corriendo en el mismo lugar, como en esas pesadillas sin monstruos pero igualmente angustiantes. Para aquellos que ya han visitado “Cuando te vi caer”, la certeza, quizá, de haberse deslizado por una puerta lateral a la trastienda de la novela sorprendiendo a sus actores reales desarmados o a medio vestir, y darse cuenta que siempre ha sido así y que no hay tal detrás de escena ni descanso, que la vida lo ocupa todo.


***


miércoles, 25 de mayo de 2011

De qué hablamos cuando hablamos de AMOR


Miércoles, 19 de enero de 2011
LITERATURA › SEBASTIAN BASUALDO CRITICA EL MACHISMO EN LOS CUENTOS DE SU LIBRO FIEL
“La fidelidad o infidelidad dependen
del cristal con que se mira la cuestión”,
afirma Basualdo.
Imagen: Gentileza Valeria Furman

De qué se habla cuando se habla de amor

Los relatos son una suerte de continuidad de Cuando te vi caer, la primera novela del autor. “La mujer se mira a sí misma como objeto a ser contemplado por haberse educado en el canon de un mundo pensado para los hombres”, afirma.

Por Silvina Friera
Un polígono de tiro es el escenario del reencuentro entre un padre y un hijo que hace tiempo que no se ven. Lautaro, el hijo, rechaza hasta el mate que le ofrece Francisco. “Tomarlo significaba acceder a una comunión a la que no estaba dispuesto a entregarse”, se lee en “Tiro al segno”, el primer cuento de Fiel (Bajo La Luna), de Sebastián Basualdo. No hay chances de restaurar ese vínculo roto, quizá mucho antes de que el padre se fuera de la casa. Las heridas del pasado no dejan de sangrar. Gotean dosificadas, en diálogos truncos que sugieren los fragmentos de una totalidad deliberadamente escamoteada. La ex esposa, la madre de Lautaro, es el verdadero blanco. “Puta es la palabra”, escupe Francisco la frase que cifra al macho dolorido por la infidelidad. Como si fuera el segundo capítulo de una novela sobre el discurso amoroso y las relaciones de pareja, en “Conversación”, el relato contiguo, emerge la voz de la madre, una voz que para Lautaro resulta agresiva. Además de que él es muy joven todavía para entender algunas cosas, la madre le recrimina el hecho de que no deja de ser un hombre también. “Yo quise hablar, pero él nunca más quiso verme”, intenta justificarse ante los reclamos de un hijo que se anima a juzgar a su madre. Y a su padre “postizo”, como comprenderá el lector al final de ese segundo cuento que repone la información eludida del primero.
La docena exacta de breves e hipnóticos cuentos que integran Fiel compone los vectores de un universo en sintonía con la primera novela de Basualdo, Cuando te vi caer. El trío protagónico de esa novela –madre, padre “postizo” e hijo– continúan capitalizando los réditos de un universo familiar complejo, lejos de la postal armónica, ideal y tranquilizadora que supo construir para la generación del escritor, los nacidos a fines de los años ’70, la serie La familia Ingalls. El fantasma de la guerra de Malvinas sobrevuela nuevamente –de un modo más tangencial– en uno de los cuentos, “Fotografía”, donde aparece la foto de Francisco con el chaleco salvavidas de color naranja cubriéndole por completo el tórax y la tira de un casco verde abrochado a un mentón rígido. Si en la novela Lautaro revisa los mitos y construcciones heroicas del lenguaje con las que se educó, los cuentos cuestionan el andamiaje de un discurso machista que está en los cimientos de la educación sentimental del protagonista. “La fidelidad o infidelidad dependen del cristal con que se mira la cuestión; parecen textos machistas, pero en el fondo hay una crítica a ese machismo”, subraya Basualdo a Página/12.
“Si uno habla de fidelidad, está hablando de una cultura que está ligada al lenguaje y al modo en que percibimos el amor; cómo el hombre se relaciona con el amor y qué prácticas le están permitidas socialmente al hombre, pero a la mujer no. Si el hombre tiene muchas mujeres, es un ganador. En cambio, la mujer que tiene más de un hombre es considerada una puta. La misma acción llevada a cabo por el hombre se festeja en nuestra cultura, pero en la mujer es castigada y se le pone una etiqueta pesada. La crítica al machismo no aparece sólo por este lado, sino también por cómo vivimos el amor, qué relación tiene el hombre con la mujer como posesión, como objeto –plantea el escritor y profesor de literatura en escuelas secundarias–. Cuando la mujer es infiel, parece que al hombre lo destruye por completo. Pero habría que ver en qué sentido lo destruye, porque la fidelidad o infidelidad no prueban absolutamente nada con respecto al amor. Lo que sí demuestra, quizás, es el modo en que somos educados –desde el psicoanálisis, el judeocristianismo y el marxismo– en un sentido del amor como anulación del otro. En la posmodernidad, ¿hablar del amor es ser fiel? ¿La fidelidad tiene que ver con el amor?”
 
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lunes, 2 de mayo de 2011

Viendo fotografías con el tío Willy




Intentó materializar en palabras
ese contundente instante
en el cual cabe toda una vida
bajo el orden arbitrario
de la reminiscencia
y después (riendo)
cerró el álbum familiar
diciendo que si realmente
una imagen
vale más que mil palabras
entonces
intentara explicarle (a él)
el concepto de la compasión
con un millón de esos daguerrotipos.